Aristóteles, en su obra ética a Nicómaco, afirma que la felicidad es el fin último de todo hombre. Acertó el filósofo griego incluyendo en su obra tal enrevesado término, y digo que acertó porque la felicidad es algo que todo ser humano tiene ansias por encontrar y que, sin embargo, carece de definición operativa.
Psicólogos, filósofos, pedagogos, políticos, religiosos y demás interesados en el tema, han intentado encontrar la definición que más se ajuste a lo que se entiende por felicidad, sin embargo lo que es felicidad para un político no tiene razón de ser lo mismo para un religioso ( y menos aún para un psicólogo). Quizás el problema de la operatividad del término que nos ocupa provenga de la dificultad para realizar estudios rigurosos acerca del mismo(Gilbert, 2006). A esto se le puede añadir, la escasa atención que le ha prestado la moderna psicología cognitiva a este tema. Con respecto a esto último, también sería lícito preguntarse si estamos hablando de un constructo psicológico, o por el contrario, de un concepto común del lenguaje tradicional.
A pesar de lo anterior, son muchas las definiciones que tratan de definir la felicidad. Según Argyle (1992), la felicidad es una sensación de profunda satisfacción con uno mismo y con las propias circunstancias. Esta, y otras definiciones encontradas (Heylighen, 1992) enfatizan también el componente cognitivo de la satisfacción como requisito fundamental de la felicidad. Otros autores, además, añaden un componente conductual de búsqueda activa de la felicidad (Csiszentmihalyi, 1996). Sin embargo, y como es esperable, no todos los investigadores lo tienen tan claro. De hecho algunos autores (Damasio, 2005; Gilbert, 2006) se pronuncian sobre no sólo la imposibilidad de definir la felicidad, sino, además sobre su escasa validez teorética, debido, según estos autores, el estado completamente subjetivo y personal con el que se corresponde.
Cabe preguntarse que, si en caso de que la felicidad existiera como constructo psicólogico operativizado (algo que desde mi parecer, está por ver), ¿Cómo medirla? Los psicólogos encargados en este tema también han encontrado problemas en este sentido. En el ámbito psicológico, se pueden contabilizar crímenes, palabras recordadas o evaluar la inteligencia. ¿Pero cómo evaluar la felicidad? (Myers y Diener, 1995). Generalmente, la felicidad se evalúa mediante autoinformes, en los cuales se les presenta una serie de aspectos relacionados con la vida general (familia, trabajo, relaciones, etc.). La tarea del cuestionado es valorar en qué mediad dichos aspectos inciden en su felicidad.
Si es difícil tarea definir y evaluar la felicidad, no menos ardua es la tarea de conocer cuáles son las condiciones más facilitadoras de la felicidad. Una buena parte de las investigaciones dedicadas a aportar claridad en este aspecto, se han centrado en las variables ambientales que la facilitan(Argyle, 1992; Andrews y Withey, 1976; Palisi, 1987). Concretamente, Argyle (1992) encontró un efecto, aunque pequeño, de las variables demográficas sobre la felicidad. Otros autores (Van de Vliert, 2006) obtienen resultados inconclusos. No parece, pues, estar muy claro cómo afectan el clima y otras variables demográficas a la felicidad.
A pesar de lo anterior, no todo parece estar tan poco claro: hay variables que sí muestran tener un peso significativo sobre la felicidad. Una de estas variables es el trabajo. Heylighen (1992) encontró que la felicidad correlaciona con la satisfacción laboral, siendo ésta mayor y más común en profesionales y directivos. Larson (1989) encontró un interesante resultado: las personas con alta felicidad son mucho más eficaces y productivas en su trabajo. Csikszentmihalyi (1990), por su parte, ha concluido que las buenas condiciones laborales, así como el apoyo y respeto por parte de los directivos, son indicativos de felicidad laboral.
Otro aspecto que se ha visto correlacionado con la felicidad tiene que ver con las relaciones sociales. Estas aquí deben de ser entendida en sentido amplio, ya que nos podemos referir a relaciones más personales (familia y pareja), como a las relaciones de amistad. Seligman (1991) proporciona un interesantísimo apunte sobre esto: La alta tasa de depresión de estos últimos años se explicaría parcialmente, según este autor, por relaciones sociales empobrecidas por el individualismo de nuestras sociedades occidentales.
Numerosas investigaciones se han dedicado a dilucidar cómo afecta el tamaño de la red social a la felicidad. Liwak (1985) encontró una correlación positiva entre el tamaño de la red social y la felicidad. Dicho de otra manera, estar implicados en numerosas relaciones sociales tiene un efecto positivo en la felicidad. Otros estudios han encontrado una mayor importancia de las relaciones sociales en la felicidad en adultos jóvenes, así como una fuerte relación entre vínculos amistosos potentes y felicidad (Diener, 1994).
Otro tipo de investigaciones se han centrado en el papel que juega tanto las relaciones personales, como la familia en la felicidad (Myers y Diener, 1995; Mastekaasa, 1992). Según el centro nacional de investigaciones públicas estadounidense, tres casados sobre cuatro, consideran a su cónyuge su mejor amigo, y cuatro sobre cinco, volverían a casarse con la misma persona. Durante los años 80, un estudio reveló que los adultos varones casados se consideraban “felices” o “muy felices”.
Según Veenhoven (1993), tanto las relaciones sociales como las personales explicarían más del 10% de la variación en felicidad, porcentaje este que a mi parecer no es poco.